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LA JAÑONA |
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Al amor de la lumbre La abuela María nunca supo leer o escribir. Ni siquiera sabía poner su nombre. Las pocas veces que tuvo que firmar en su vida, (cuando se hizo el carné de identidad o cuando empezó a cobrar "la poquina paga"), le embadurnaban el dedo gordo de tinta que luego apretaban sobre el papel, o bien, garabateaba una cruz a bolígrafo con la parsimonia de un cantero románico. No, no sabía de letras, como decía ella. Cuando era chica no pudo aprender porque nunca la mandaban a la escuela. La escuela era un lujo inalcanzable para los que como ella, se habían quedado bien pronto sin padres. "Y mira que tenía buena cabeza, que apuntaba maneras", pero sus tíos estaban cargados de hijos, ella era una boca más y los suyos eran primero. Así, desde bien chica, a cuidar cabras o a hacer carbón. Nunca le faltó salero para el trabajo, cualquier cosa que hiciera otro, ella lo hacía mejor y más delicado. Como cuando tuvo que ir a la siega con once años y nadie la dejó atrás, atando lo que segaban tres hombres. Entonces no existían "derechos humanos" y la infancia era un vacío casi inexistente. La abuela María no sabía dibujar palabras, no sabía descifrarlas, pero nunca he conocido a nadie que supiera disfrutarlas como ella. Las palabras fueron siempre su alimento. En aquellos tiempos de carestía y racionamientos, de sarampión y piojos, ella no comía más que tocino y cuentos. Siempre tenía el oído puesto: en las chimeneas, en los seranos, en los corros de viejos, las historias que contaban los cabreros, las coplas de ciego, las canciones de siega y las conversaciones de la siesta, los tratantes de ganado, los tenderos portugueses, los afiladores de Orense. Todos ellos hablaban de cosas extraordinarias, desconocidas, de cosas que no pasaban en este lado de la tierra, pero que la abuela María creía tan ciertas como la luz del sol cada mañana. Esa era su dieta alimenticia: cuentos, leyendas, historias, reinos, ogros, lobos, princesas, cigüeñas, huérfanos, el país de irás y no volverás, el agua de la vida, las lavanderas con mandiles de oro, los gigantes, los muertos que se aparecían, los palacios, los caballos que volaban como el cierzo, los ermitaños, adivinos, los curas mujeriegos, los gitanos, las brujas , los moros encantados, los sabios romanos... Todas estas ensoñaciones, tenían para ella, una consistencia de pan reciente y jamón serrano. Todos estos ingredientes, este hornazo relleno de sueños y chicharrones, de tajadas de siete leguas, de tesoros que relucían más que los candiles de petróleo . Todas estas cucharadas de remedios caseros adobados de magias y ajos salvaban su vida, su alma, y quizá también la nuestra, o al menos la mía. Todavía no sé cómo, en aquellos años de mediocridad y sarna compartidas, de villanías ignorantes y cerriles, de bajezas morales y estomacales, pudo mantener intacto su optimismo. No conozco a nadie tan dispuesta a la risa, tan llena de ternura, tan dispuesta a" hacer el bien sin mirar a quien", con tantas ansias de seguir escuchando, de continuar alimentándose de palabras, de romances, de fábulas, tan abierta a lo imposible, tan determinada a seguir soñando entre la vida diaria. Para mi, entrar en casa de la abuela María era viajar al país de las maravillas, me sentía como Garbancito en el vientre del buey, como Jonás en la ballena, como el Corsario Negro rumbo a Maracaibo, como la zorra montada en la cigüeña, como el lobo debajo de la encina, como Juan de las Indias. Era el tiempo sin espacio de la tracamandaina, cuando el lino se volvía lana y las cuatro patitas, seis en la cama. Allí, en aquella cocina que olía a café portugués, al amor de la lumbre, las noches de invierno traspasaba los límites de la realidad que marcaba la sierra, y vivía mil vidas ajenas, a través de las palabras de mi abuela. Las llamas, nadie puede negarlo, tienen un gran poder de encantamiento, de narcótico, de bálsamo alucinógeno. Ensimisman, atraen y distraen, calientan y cuentan, adormecen y al tiempo despiertan la capacidad de evocación, de fantasía. Nada como la lancha de la lumbre para viajar a mundos intangibles. ¡Abuela, cuéntame el del hombre que lo llevaban a ser rey y no lo quería ser!. "Pero si ya lo he contado muchas veces". No importa. "Bueno, pues esto era una vez ..." y la abuela hablaba, nos envolvía con esa voz ancestral que manaba de la tierra, nos contaba, nos encantaba, nos embrujaba, nos encandilaba, nos emocionaba. La chimenea se mutaba en galaxia, las chispas de las brasas saltaban como estrellas fugaces, el gato ronroneaba su discurso junto al fuego, la leña se quemaba en su lenguaje crepitante, enigmático e inflamable, las pavesas se esparcían por la estancia como polvo de hada y se obraba el milagro. A1 arrimo de las llamas el río de la imaginación irrumpe y fluye. Al amor de la lumbre, cualquier sueño es posible. Juan Antonio Sánchez Hernández |
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Número 2 |
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Revista Cultural de Peñaparda |